21
Abr
12

parte verdad, como siempre

El Holandés y los mosquitos

Marc y Alex atravesaron dos tormentas desde Colombia hasta Cuba. La primera fue un juego de niños pero la segunda les astillo el mástil de forma vertical y averió el motor gravemente. Ella partío hacia el interior en busca de dólares para pagar la reparación y él quedó anclado en el cabo de María la Gorda guardando el barco. Alrededor no había nada más que un hotelito de lujo y una escuela de buceo. Sacó sus hamacas y su camping gas y pasó la primera noche a la intemperie, comiendo judías y viendo la tele acompañada del ronroneo del generador. Fue ya casi amaneciendo cuando una nube de voraces mosquitos se lo empezó a desayunar literalmente. Entre el sueño y la media luz Marc solo veía mosquitos a su alrededor. Sa cayó tres veces al suelo antes de alcanzar el barco, y le pareció que le picaban hasta en el agua.

 

Total que la siguiente noche decidió pasarla en el interior del barco. Durante el día estuvo con la plata trabajando en la playa, y se acercó a vender algo a los turistas y la verdad es que vendió más piezas de las que pensaba, pero nada ese día el hizo olvidar la desagradable sensación de desamparo e impotencia de la madrugada anterior, durante el los mosquitos. Era como si le hubieranhechado de la isla. “tío la playa es nuestra”. Tomó unas cervezas con el instructor de buceo, que parecía un tipo agradable cuando no había turistas cerca. Pero ni las risas, ni la guitarra, ni la llamada de Alex le hicieron olvidar el voraz ataque de los msoquitos implacables. Durante sus viajes por el caribe había tratado de repelerlos mil veces, y parecía que siempre le pillasen desprevenido. No estaban todo el tiempo ahí. Para Alex era una amenaza constante, con lo cual siempre estaba preparada. era una rutina más. Pero a él solo le atacaban en rachas, cuando ya había olvidado el peligro.

 

Volvió al barco algo borracho, maldiciendo el caribe y su pestosa plaga de mosquitos. Maldiciendo la naturaleza. Maldiciendo los viajes y añorando una vida de reposo y coche y ciudad y café express. Durante la noche le pareció que el barco estaba mal anclado, que se movía demasiado, y se prometió arreglarlo a primera hora de la mañana. Así lo hizo, agarró algunos plomos y se sumergió para colocar unas piedras sobre el ancla, o amarrarlo con una cadena, o engancharlo mejor en las rocas. Se sintió bastante idiota allí bajo el mar, cuando comprobó que el barco estaba perfectamente anclado, y que era el y el exceso de alcohol de su cuerpo lo que se había movido demasiado aquella noche. Agarró la cadena y giró en rendondo justo para tomarse antes de salir a la superficien un una enorme cabeza mirándole desde la calma cristalina, a menos de un metro de distancia. Marc soltó aire del susto, pero conservó el suficiente para mirar aquella maravilla, aquella sirena gorda de mirada vegetal. No tenía idea de que hubiera manaties en cuba, y tampoco estaba seguro de que eso fuera un manatí. El animal le miró un tiempo, como espectante “a ver qué vas a hacer ahora, ¿has terminado tus enredos?, ¿ha terminado el espectáculo? Bueno pues adiós”, y se marcho en la llanura azul, pacífico, lento e inalterable, y por supuesto, infinitamente hermoso en su gordura recorrida por graciosas caústicas. Marc se olvidó completamente del ataque de los mosquitos.


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