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Abr
12

se me estropeó la máquina del tiempo, por ello, no he podido publicar este ayer

El cojo Juan

 

Juan nació cojo, y puede que eso influyese en su desventurada existencia, colmada de desasosiego, alcohol, fracasos y rincones sucios en calles sucias. Juan comía lo que le daban las monjas, dormía en el albergue y en la calle cuando descubrió que ya no tenía sitio en la pensión, en ninguna pensión. Cuando empezó a pedir se pinto un cartel con rotulador de pizarra veeleda robado de un chino donde ponía “tengo sida. Una ayuda para comer. Por favor se lo pido”. Se sintió terriblemente mal por aquella mentira y pensó que Dios le iba a castigar si no decía la verdad. Así que cambió el cartel por uno que decía “soy cojo y enfermo. Una ayuda por caridad”. Juan nació cojo, eso si era verdad, pero no estaba enfermo. Casi no podía dormir, le costaba comer. El terror de que Dios le castigara por mentir apenas abandonaba su pensamiento. Le lanzaría un rayo desde los cielos, de color rojo brillante y le fulminaría mientras dormía. Se abriría la tierra bajo  sus cartones y le tragaría mientras dormía. Tal vez del agujero salieran los propios demonios del infierno y le arrancaran el pelo de la cabeza a tirones mientras dormía. De lo que Juan estaba casi seguro era que el castigo divino ocurriría mientras dormía. Por eso apenas dormía. Pero una noche, cerca del campo de fútbol, hablando con Pepito, que tenía ya cincuenta y era más viejo y más sabio que él, Pepito le dijo que Dios nunca castigaría a nadie mientras dormía que eso era una cobardía, y Dios era de todo menos un cobarde. Juan pensó que Pepito tenía toda la razón y desde entonces durmió un poco mejor. Lo malo entonces era despertar. Desde que Juan despertaba temía ser asaltado de pronto por un resplandor divino que quemaría sus ojos y le dejaría ciego por sus mentiras. Y lo peor fue cuando después de llevar muchos días el cartel de “soy cojo. Una ayuda por favor” cayó en a tentación de volver a poner “soy cojo y tengo el sida, ayuda por favor”. Ni siquiera sabe por qué lo hizo, porque tampoco sacaba mucho más; algo más, pero mucho más. Esos días fueron los peores. El cojo Juan no paraba de perseguir a Pepito y preguntarle en que momento Dios consideraba que no era cobarde castigar a los pecadores. Tanto que Pepito se harto y no volvió  por el campo de fútbol nunca más.

 

El miedo llegó a ser tan terrible que el cojo Juan casi no podía dejar de temblar y llorar. De pronto, una mañana, se detuvo, miro la calle, miró el cielo. Que tonto. No era un rayo, ni un resplandor cegador. Dios ya le había castigado, de hecho, le castigaba todos los días. Ese descubrimiento le lleno de paz y felicidad. El cojo Juan vivió bastante más tranquilo desde entonces, feliz.


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