24
Feb
12

qué menos que el cuento de los viernes

El hombre de la playa

 

Fue una discursión estúpida, pero Marta me hizo sentir como solo ella sabe hacerlo. Era como volver al pasado, de nuevo era su títere, su muñequito de juguete, el pequeño ratón de quien ella acostumbraba a hacerse acompañar. De acuerdo yo había bebido un poco, pero no merecía su desprecio, no por un  comentario carente de toda maldad. Ella se giró hacia mi sin que apenas yo tuviera tiempo de levantar mis ojos de la copa y entonces sentí su primer golpe de desprecio. Se había vuelto como todos ellos en un instante. Agité la cabeza como un dibujo animado y mire a mi alrededor. Ya había ocurrido. De nuevo era el otro, el distinto, el idiota.

 

Marta cerro sus puertas y dejé de existir durante un rato largo. Andrés, el novio de Consuelo, fue el que más tardó en unirse a la conjura de todos contra el idiota, como si no fuera con su natural, como si tardase en digerir la pastilla colectiva de hay que ignorar a este soplagaitas que no merece ni el aire que respira. Me largue del bar despacio, casi pidiendo permiso. La situación era absurda. Marta no hizo ni un tímido amago de detenerme, y el resto de sus amigos decidieron interpretar al unísono la pantomima de mirar hacia los baños, el rincón opuesto a la puerta.

 

Me fui a la playa, y eche a llorar desconsoladamente. Es algo que no hubiera hecho de estar sobrio, pero tampoco hubieran sido los mismos pensamientos de no estar borracho. Entonces vi acercarse a ese hombre. Tenia el cabello largo y rizado, mil collares y pulseras, al menos media docena de tatuajes por todas partes y una barba canosa y tupida, que amortiguaba sus rasgos orientales. Era un alma apacible, que caminaba de forma apacible y olía a sal y a tierra andaluza. “No llores hombre, que este es uno de los lugares más bonitos del universo”. Al principio me dio vergüenza, luego me sentí incómodo ante la perspectiva de entablar una conversación metafísica de borracho a borracho. Pero cuando el hombre se sentó a mi lado, y pasamos los dos el primer cuarto de hora en silencio, me sentí bien acompañado, en paz, me sentí tranquilo.

 

Estuvimos dos horas enteras sentados juntos, sin despegar nuestros labios ni un segundo. A mi se me apagó lentamente mi borrachera, y sólo quedó de ella la arena pegada al vaso vacío que estaba a mis píes. El hombre habló de pronto “usais una bonita palabra para una cosa bonita. Mar. Mar suena a mar… es algo hermoso. El mar… es una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida, realmente”. Pasó otra generosa media hora de silencio y mar en la cabeza de los dos. Después el hombre se levantó lentamente “tengo que irme ya… no llores hombre” se adelantó un par de pasos, se agachó, se acuclillo ridículamente para tomar impuslo, y saltó. Saltó hacia arriba, hasta perderse en dirección a las estrellas. Jamás he vuelto a ver volar a nadie, lo juro, y me dejó impresionado, durante días, durante años. Aún puedo evocar la imagen con todo su movimiento.

 

Perdoné a Marta, o ella me perdonó. Qué puedo decir, estoy enamorado de ella, hasta los huesos. Tenemos dos hijos, Sara y Nicolás. Marta no es alguien con quien se pueda hablar a gusto sobre ese tipo de temas, pero Sara es maravillosa. Tiene sensibilidad, ella entiende las cosas. Mañana cumple once años, y yo le voy a regalar una historia, una historia hermosa.


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