03
Feb
12

es viernes, ergo…

El proceso inverso

No era un asesino profesional, frío, metódico y calculador lo que necesitaban en ese momento. Para eso se bastaban solos. Eran muy fríos, muy metódicos y muy calculadores, y totalmente asesinos, claro. Era todo lo contrario, lo que necesitaban en ese momento. Necesitaban a Malaquias. Pactaron con él la cifra por teléfono, una cifra altísima, y en menos de diez minutos se presentó en el edificio  acompañado de su joven aprendiz. No se podría decir que el cadáver estaba aún caliente, pero aún no era una cosa, un mueble, un sólido rígido. Todavía era alguien. Una mujer. Asesinada de cinco disparos. Eran sus tres socios quienes la encontraron y quienes llamaron a Malaquias.

Malaquias no preguntó nada (nunca lo hacia). Cogió el dinero y lo contó dos veces. Abrió su maletín y empezó a sacar sus botes y ungüentos. Prendió sus inciensos raros, sus mechas y velas perfumadas que atufaron en menos de tres minutos toda la habitación. Empapó el cadáver con dos botellas grandes de algo que olía a naftalina. Después lo desnudó y lo embadurno de dos capas de arcilla, una roja y otra verde. Dibujó sobre el cuerpo con masajes contundentes repetitivos círculos amplios en torno a sus pechos y su tripa. Le quemó el pelo con abrasivos y le introdujo por la boca y la nariz algo viscoso y negro que olía a petróleo. Su joven aprendiz le asistia sudoroso pero certero, y los dos interpretaban su danza maquinal con precisión de reloj suizo. Finalmente Malaquias extrajo sus famosas varas largas de la maleta y recitando juramentos indios las clavó certeramente en el corazón el vientre y el esternón, infringiendo sus famosas y simétricas heridas, sus milagrosas punciones. El cadáver despertó al instante. Saúl, el socio más viejo fue quien se dirigió a ella.

          Carmen, te han matado. Hemos llamado a Malaquias. Vas a morir de nuevo en unos pocos segundos. Dinos, quien ha sido.

La mujer lo entendió todo al instante. Su cara era de fantasma, verdaderamente. Sus ojos hinchados y llorosos, con el horror grabado a fuego, no vacilaron sin embargo. Su boca apenas se abrió, con una serenidad discordante. Ella solo señaló a uno de los socios, el más joven, el de barba.

          Él

Después volvió a morir. El joven, que evidentemente desconocía del todo las tácticas y poderes de Malaquias,  y el frecuente uso de su arte que reclama el crimen organizado, empezó a decir puedo explicarlo todo, pero los otros dos le asestaron seis tiros, cuatro de ellos en la cabeza. Malaquias ya había empezado a recoger sus bártulos, y como era ya tradición rechazó la gratificación posterior que le ofrecieron sus contratadotes. Se despidió con un cortes hasta la próxima y salió de la habitación seguido de su aprendiz, escuchando de lejos por igual, los elogios de los socios a su trabajo, y las maldiciones proferidas a su traidor interno cuerpo presente.

Lo que no vieron fue lo que ocurrió en la calle oscura, a apenas dos manzanas del edificio. Allí el joven ayudante de Malaquias desenfundó de súbito una pistola y apuntó a su maestro.

          Ya he aprendido todo lo que sabes, viejo, y no hay sitio para dos resucitadores en la misma ciudad.

Malaquias sonrió a medias, y la furiosa mirada del muchacho le recordó a la suya propia muchos años atrás. Si perder la calma y la sonrisa Malaquias se desabrochó la camisa y le mostró al muchacho sus heridas, simétricas en el corazón el vientre y en el externón, y su piel impregnada de arcilla roja y verde.

          No, aún no lo has aprendido todo. Tú sabes hacer el ritual para despertar un cadáver durante unos pocos segundos. Yo sé mantener a un muerto vivo durante años.

El joven aprendiz guardó su pistola y avergonzado volvió a cargar los bártulos de Malaquias y volvió a seguir al pequeño señor de bigote con sus pasitos apresurados, y volvió a pensar otra vez en cosas pequeñas. 


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