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Ene
12

y todos los viernes, un cuento corto (de momento en castellano)

Este es un poco antiguo. Pero ahí está. Prometo escribir nuevos

Entierro en Trijuelos

Enterré a mi padre el 28 de Marzo de 1986 en Trijuelos, en donde vivió toda su vida, y de donde yo salí huyendo a los trece años, con la clara intención e no volver más. Un pueblo extremeño a medio camino entre Cáceres y Badajoz que apenas tiene cien habitantes, que no sale en ningún mapa, que no tiene nada bonito y que por no tener no tenía ni alcalde ni concejales ni nada. Bueno, sólo mi padre, que parecía ser el único en el mundo que amaba esas cuatro casuchas como si fueran la piel misma de la historia.

Mi madre murió siendo yo niño, y no tengo ni hermanos ni parientes cercanos, así que con todo el dolor de mi corazón, me tuve que marchar a mi pueblo la tarde del veintiséis, cuando una vecina de él, me llamó a casa y me dijo “murio tú padre”. No, no teníamos una gran relación, pero no porque mi padre hubiera sido mal padre, que me mandó a estudiar a la capital y me envió dinero puntualmente hasta que conseguí mi propio trabajo. Más bien era nuestra ausencia de relación por la manía inefable de mi padre de vivir de espaldas al mundo. No tenía teléfono ni televisión, y sólo escuchaba la radio una o dos veces al año. No quería salir de su pueblo por nada del mundo, y no era una persona muy dada a los afectos. Era honrado eso sí, y creo ver en esa virtud, la más clara muestra de su legado. Más bien la única. Era honesto, honrado, sincero. También era mayor. Siempre demasiado mayor. Mi madre era su segunda mujer, pues la primera se le murió al hombre, y la diferencia de edad entre ellos era tremenda, de más de veinte años. Recuerdo a mi padre desde muy niño más bien como abuelo que como padre, por las historias que me contaba y su edad tan de abuelo.

Llegue la noche del veintiséis de madrugada, y me extrañó de primeras ver a todo el pueblo congregado. Vale que eran sus habitantes, y es cosa de los pueblos reunirse todos, pero ya me costó creer que el hueso duro de mi padre, que apenas tuvo para mí un par de palabras amables en toda su vida, pudiera despertar tales afectos. Cosas de pueblos, me dije. Pero a la mañana siguiente, la sorpresa se me derramo encima, cuando me vi doscientas personas de quince pueblos colindantes reunidas allí para darme el pésame. Y lo clásico de estos casos, ellos parecían conocerme de siempre y saber todo de mí y yo de ellos, ni las arrugas ni los rostros que ocultaban detrás. El asombro fue mayúsculo, de desmayo, cuando a la tarde no eran ya cientos, sino rondando el millar. De este modo, alterado y sin saber muy bien que hacer ni qué decir, no puedo describir la reacción química que sacudió mi cerebro y mi espinazo, cuando el que chocó la mano y me abrazó, hondamente conmovido aquella misma noche fue el presidente del gobierno. Dos horas más tarde llegó en helicóptero el rey. Yo nunca había visto un helicóptero, y jamás me imaginé que hiciera tanto ruido. Todos se marcharon a eso de las cinco de la mañana, sin que ninguno se tomara en serio mi afirmación de que se trataba de un error, y yo no tenía sueño, ni hambre, ni cansancio. No tenía más que asombro dentro de mí. No sabía quién era mi padre. Era lo único que podía repetirme una y otra vez. Al menos hasta el momento en que llegaron ellos. Eran los últimos, los que quedaban por venir, y debieron esperar a la hora mágica del alba para aparecer. Porque eso eran ellos. Eran los seres mágicos, que venían desde los bosques de Trijuelos, desde las Urdes, o desde El Bierzo, o desde Zamora o los confines del mundo que sé yo, para homenajear a mi padre en su entierro. Tampoco yo me lo creería si no conservase en el mueble de mi salón una rarisima bola de cristal con la que me obsequiaron, que a veces parece cambiar de aspecto (no se peude estar seguro). Había una mujer de piel azul, y un dragón emplumado, unos personajes enjutos y altivos que parecían flotar sobre sus túnicas como columnas de humo de vivos colores y que verdaderamente lloraban como niños la muerte de mi padre. Al salir el sol se fueron, y me quedé de nuevo solo.

Ahora voy a menudo a Trijuelos. Llevo a mis hijos a que jueguen por los campos, y le hablo a mi mujer de aquella noche. Hemos hecho una especie de pacto, y sin que ella llegue jamás a creerme de verdad, ha decidido escucharme al detalle. A todo esto a veces voy solo a al tumba de mi padre y camino y pienso, ye miro el cielo y los pastos, y la verdad, sigo sin entender un pimiento. 


1 Response to “y todos los viernes, un cuento corto (de momento en castellano)”


  1. 1 adri
    enero 20, 2012 a las 4:18 pm

    muy bonito! un dia me encantaria q me contaras q hay de verdad en esto..
    abrazo!


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