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las manos


Desde muy pequeña, tocaba el piano como los verdaderos ángeles. No era un talento natural. Comía, cenaba y dormía tocando su piano con las manos. Tocó para príncipes y para embajadores. Tocó para reyes y para emperadores. El día que la bomba explotó en su casa, durante la guerra, y le arrancó las manos de cuajo, naturalmente ella estaba tocando el piano. Estuvo dieciocho meses en el hospital, lejos de los pianos. La trataron psicólogos y terapeutas, pero la niña perdió en la mirada eso que hacía llorar hasta a los malvados.

Decidieron cambiar de casa. Empacar y mudarse a otra ciudad, otro país. Ella se escurrió entre los brazos de su abuelo Anselmo y se agarró al piano cuando los estaban envolviendo para el rico comprador con un sentido tétrico del coleccionismo que adquirió el Stenway de la familia. Lo maravilloso y aterrador fue que la niña abrió la tapa del piano y comenzó a tocarlo con sus manos invisibles. Las teclas se movían con idéntica soltura, agilidad, velocidad, con la misma sensibilidad, pero bajo la inexplicable presión de unos dedos hechos del mismo aire, pues los suyos ya no estaban;  no había nada más que dos muñones bien curados.

Al principio no la oyeron tocar emperadores ni príncipes, solo estudiosos y científicos, que anonadados lloraron tanto por la música como por el inefable resultado de los experimentos. Conjeturas, suspiros, bendiciones procedentes de las mentes detrás de los anteojos más agudos de la vieja Europa.

Con una prudencia casi premonitoria, la niña dejó de tocar para el gran público, pero todos sabemos lo persuasivos que pueden llegar a ser los aristócratas cuando encuentran algún chisme con que llenar sus días. El milagro de la pianista manca se extendió como la pólvora, y la niña empezó a dar recitales privados, para asombro y llanto de un selectísimo público. No cambiaron de ciudad, ni de país. Ese fue el error. Una mañana de abril, cuando la niña tocaba su precioso clavier en el jardín un ferviente baptista le asesto a la criatura demoníaca tres certeros disparos en el nombre del señor. La niña voló casi dos metros y fue a caer sobre las margaritas, con el pecho abierto y ensangrentado. “El mundo no quiere que yo toque el piano, ni con manos ni sin ellas”

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1 Respuesta a “las manos”


  1. 1 cagnazoAitor
    enero 31, 2012 a las 2:44 pm

    Joder, espero que no me pille ningún cura dibujando…


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